Ansiedad, estrés, agobio, resoplidos… Somos víctimas de la inmediatez, del control, de tenerlo todo ya y de la manera que nos apetece. Nos hemos acostumbrado al acceso rápido a la información, al disponer de lo que necesitemos o de lo que queramos (que no es lo mismo necesitar que querer), al compartir en esta nube digital y al nivel alto de respuesta, a la tranquilidad del doble tick azul. Esto genera una dependencia a lo rápido a lo instantáneo.

Por lo general, nuestro ritmo de vida es dependiente del ritmo de otras cosas, vivimos en un entorno de exigencia: nos la imponen, la imponemos y nos la AUTO imponemos. Esto de no llevar nuestro ritmo y tener que atender a las exigencias (de otros, pero sobretodo de uno mismo), nos deja poco espacio para generar una respuesta que corresponda con nuestro propio ritmo emocional y mental. Al final nos tragamos el día sin digerir, sin expresar, sin respirar… Dejamos de tener control sobre lo que queremos que suceda y este es un buen detonante de la tan famosa ansiedad. Pero, ¿qué es la ansiedad? Pongamos cara y nombre a estos miedos.

Para que sea fácil de entender, es un mecanismo de defensa natural y lógico de nuestro cuerpo. Cuando nuestro cerebro detecta “amenaza” hay que activar el cuerpo para generar una respuesta que nos “saque vivos” de esta situación, de ahí los síntomas físicos puedan ser parecidos a los que tendríamos en una situación de pánico.

El estrés nos salva de situaciones, es un buen aliado hasta que la percepción de “amenaza” es desmedida e inoportuna. Es esta reacción no-lógica la que puede ser un problema. Me gusta la afirmación de que “la ansiedad es un intermediario que facilita nuestra relación con el medio y procura asegurar nuestra supervivencia”. Como a día de hoy no hay que compartir el espacio con demasiadas amenazas físicas, nuestra supervivencia se basa en cuestiones más mentales como resolver conflictos, hacer frente a situaciones que nos generen cierta incomodidad (reuniones, charlas en público, tener que decir algo importante a alguien…), asumir los vaivenes del día a día, etc.

Nuestro cerebro procesa la información de dos maneras diferentes pero conjuntas: el hemisferio izquierdo “dibuja” una línea temporal de secuencias, mientras que el derecho, nos sitúa en un lugar concreto, permitiéndonos así navegar por cada una de esas secuencias guardadas en la otra mitad. Así, nuestra mente puede viajar, literalmente, hacia delante y hacia atrás, sin embargo, nuestro cuerpo físico se mantiene en un lugar concreto, con unas posibilidades concretas.

Si vivimos con la mente puesta en secuencias que no pertenecen al momento en el que el cuerpo se encuentra, pues ocurre lo inevitable, nos frustramos. Sentimos que no tenemos control sobre las situaciones que nuestra mente proyecta, y es que, efectivamente, no tenemos el control porque no estamos físicamente en ese momento. Dolor de estómago, falta de aire, presión en el pecho, se cierra la garganta, te quedas sin voz. ¿Familiar?

Siempre he sido multitarea. Y si podía ser súper-multitarea, pues mejor: apretar el mando para abrir la puerta del garaje mientras me pongo el cinturón y giro el volante con la rodilla mientras freno y con la otra mano pongo la radio y compruebo de reojo que aún llego a mi hora al trabajo. No, no puedo empezar así el día.

Últimamente me paso más tiempo pensando en cómo reducir las tareas del día, que en cómo abarcar más. Y me encuentro mejor. Me doy el tiempo que necesito, dedico tiempo a lo que hago. Desde que empecé a hacer yoga, he aprendido a respirar mejor y los días de ansiedad son ahora los menos habituales ¡Una vuelta a la tortilla por completo!

A lo largo de la búsqueda para calmar estas sensaciones, me topé con dos métodos que han cambiado mi vida en cuanto a ansiedad se refiere:

  1. Cortar la respiración. Cuando tenemos ansiedad tendemos a respirar hondo, y una otra vez, porque sentimos que nos falta el aire. Primer error. Un exceso de ventilación puede causar mareos y desmayos. Aprende a escuchar a tu cuerpo, no puedes respirar, porque no necesitas respirar más. Nuestro cuerpo está diciendo “basta de meter oxígeno”. Ponlo en práctica, cuando sientas esa opresión en el pecho, el agobio, el sudor, los resoplos.. Aguanta la respiración unos pocos segundos. Haz varias series e intenta retomar el ritmo habitual de tu respiración. Hay gente que le sienta bien bucear, o hacer deporte. La razón es la misma: regular la entrada y salida de O2. Un ejercicio útil para cuando no puedes escaparte a entrenar es saltar abriendo las piernas mientras subes los brazos, y volver a saltar cerrando las piernas mientras bajas los brazos, pegándolos de nuevo al cuerpo.
  1. Respirar bien. Coge aire. ¿Qué parte de tu cuerpo se ha elevado más? Probablemente digas “el pecho”. Si pudieras verte mientras duermes, verás que tu estómago es lo que más se hincha cuando respiras. Y si tienes animales en casa puedes ver que hacen igual. Para tener una respiración profunda y completa al coger aire deberíamos hinchar el estomago, como si sacáramos tripa. Y al expulsar el aire, meter el estómago hacia dentro, intentando vaciar todo el aire que hay en él. Esto es la respiración consciente, la base de la respiración en yoga. Puede ser un ejercicio complicado al principio, pero piensa que automáticamente lo haces así al dormir, está en tu genética respirar bien. No te juzgues, inténtalo, relájate, respira.

Referencias:

Clínica de la Ansiedad | DMedicina | Curso de Yoga para la Ansiedad de Lucas Casanova, terapeuta transpersonal